Dia mundial de la bicicleta

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En honor al que ha venido siendo el día tradicional de la bicicleta es necesario hacer hincapié en las principales problemáticas con las que se encuentran diariamente los ciclistas, para tanto concienciar de unos derechos que se les ignora en ocasiones, como para hacer pedagogía acerca del respeto y la tolerancia que se merecen.

El primer punto de controversia es el derecho al uso de la calzada, en vista de que una de las principales críticas que reciben de motoristas y conductores es que “se marchen a la acera”. En ciudades como Barcelona, ya existen restricciones a la circulación de las bicicletas sobre las aceras a cuando se supera una anchura determinada. Sin embargo, incluso dadas dichas circunstancias, el ciclista ve su velocidad reducida por normativa a no más de 5 km/h, en contraposición a los 20 o, incluso, 30 km/h que podría estar alcanzando en calzada, lo cual mermaostensiblemente su funcionalidad como vehículo cotidiano. El mismo problema sucede con las así llamadas acerasbici, esa catastrófica idea de quitar espacio al peatón para ofrecérselo a la bicicleta, dado que sobre éstas al ciclista no se le permite superar los 10 km/h. Como si ellono fuera suficiente para desincentivar su urgente uso diario, su velocidad en aceras se puede ver constantemente interrumpida por la invasión del carril por parte de peatones despistados o por la frágil convivencia de las acerasbici con esas aceras ridículamente estrechas, quetanto abundan en nuestras ciudades coche-céntricas, por donde ni siquiera pueden pasar dos bicis al mismo tiempo ni un pequeño grupo de peatones.

El ciclista puede ser una trabajadora yendo a su oficina, un estudiante hacia el instituto o a la universidad, o un padre haciendo la compra: ¿cómo vamos a promover el medio de transporte más sostenible del que disponemos, si permitimos entorpecer su circulación por todas partes y disminuir sus eficientes capacidades porque no queremos molestar a los medios de transporte perjudiciales? Si nos encontramos en una situación de emergencia climática, y esta crisis sanitaria ya ha evidenciado la contaminación atmosférica en las grandes urbes generada por los vehículos motorizados, ¿por qué echarla de la calzada, si así sólo impedimos que la bicicleta sea ese vehículo tan eficaz y tan inofensivo que las ciudades y la ciudadanía necesitan?

Otro punto problemático dentro de este bloque de los derechos del ciclista es su circulación por el centro de las calzadas. Lejos de hacerlo para chinchar a los conductores, el motivo es mucho más sencillo y comprensible: en las carreteras, numerosos arcenes se encuentran descuidados, con socavones o llenos de grava y piedras, lo que puede desequilibrar al ciclista y provocarle una caída; mientras que en las ciudades circular por el centro del carril le permite adquirir mayor visibilidad, le ahorra el peligro de una súbita puerta de un coche aparcado que se abre, así como le asegura un mejor adelantamiento. Esto último se debe a que muchos conductores no respetan el metro y medio de seguridad cuando se encuentran a los ciclistas en los laterales, puesto que quieren evitarse realizar maniobras y no invadir el carril contrario: todo ello se ve obligado si el ciclista se encuentra en el centro de la vía.

El segundo bloque que entraña conflictividad es el comportamiento que un ciclista se merece en la calzada: éste se ve sometido diariamente a la impaciencia de muchos conductores, a la soberbia de otros que les deniegan su derecho a circular por “el territorio de los vehículos motorizados”, a los gritos e insultos, e incluso a maniobras negligentes de incívicos que ponen en peligro sus vidas.

La principal queja del colectivo en este sentido es la falta de respeto hacia la distancia de seguridad, pero, ¿por qué es relevante mantenerla? Su importancia radica en una doble cuestión. Por una parte, en una cuestión psicológica: no es agradable el susto que uno se lleva al ver pasar de repente un coche rozándole, y eso genera inseguridad, miedo e incomodidad para el resto de trayectos pues se teme que vuelva a suceder lo mismo. Y, por otra parte, enuna cuestión de seguridad efectiva: el ciclista puede caerse, y puede sufrir un infortunio mayor si el coche no está manteniendo la distancia reglamentaria.

La segunda queja a destacar son los pitidos. Estos asustan cuando uno no se los espera, pueden llevar a intuir que sucede algo grave, y generan el mismo efecto de falta de seguridad mencionado anteriormente. Además, con los pitidos no se consigue más que una muestra de falta de empatía, dado que el ciclista tiene derecho a circular por calzada. La calzada no es una jungla en que bestias combaten para ver quiénes son más fuertes; actuemos en consecuencia.

El último bloque entronca con el comportamiento que se debería mantener hacia las infraestructuras ciclistas, especialmente porque éstas son eternamente invadidas por coches que las utilizan como su cómodo aparcamiento privado. El perjuicio aparece por dos razones. La primera es que, sobre todo en calles muy transitadas, para sortear el vehículo aparcado se ve necesario abandonar el carril bici y adentrarse en la calzada, lo cual no sólo es dificultoso, sino que puede llegar a suponer un peligro del que se podría prescindir fácilmente con una buena conducta. La segunda sucede con los carriles bici bidireccionales, dado que una imposibilidad de continuar circulando por el carril bici implicaría o bien desmontarse y seguir por la acera, o bien cometer una temeridad y pedalear en dirección contraria a la calzada para evitar el vehículo aparcado y reincorporarse al carril. Si existe una infraestructura ciclista no es por un privilegio que las administraciones reconozcan al ciclista, sino por una medida de protección hacia un vehículo vulnerable frente a otros medios de transporte, que son peligrosos.

Por todo ello, convendría recordar que la bicicleta es un vehículo, no un juguete, y que, por esa razón, tiene usos muy frecuentes que no pasan simplemente por “irrelevantes” prácticas deportivas o lúdicas. Sobre la bicicleta van estudiantes y trabajadores con las mismas necesidades que cualquier conductor, con el mismo deseo de comodidad, con los mismos derechos y deberes de circulación, y con las mismas prisas. Asimismo, son ciudadanos que se están esforzando por desplazarse en el medio de transporte más sostenible, más democrático y más sano. El respeto a los principios o a las condiciones económicas de quienes no quieren o no pueden permitirse el lujo de un automóvil está por encima de los falsos privilegios de quienes se montan en ellos y se creen dueños de las zonas públicas. La calzada no es de los coches, y se debería concienciar de que la prioridad sobre éstas tendría que ser invertida: primero las bicicletas, a continuación, el transporte público y, en última instancia, los vehículos privados.

Artículo de José María Sáez Rodríguez, militant de la JSC a Sant Cugat del Vallès

 

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